Aunque sientas el cansancio; aunque el triunfo te abandone; aunque un error te lastime; aunque un negocio se quiebre; aunque una traición te hiera; aunque una ilusión se apague; aunque el dolor queme los ojos; aunque ignoren tus esfuerzos; aunque la ingratitud sea la paga; aunque la incomprensión corte tu risa; aunque todo parezca nada; ¡VUELVE A EMPEZAR!

LAS ILUSIONES DEL PADRE


Al crear al hombre no por necesidad sino por exceso de Amor, no por establecer sino para manifestar su Gloria y hacerlo partícipe, una vez justificado, de su Dicha y Gloria eterna (Cf. Rm 8,28-30), Dios le dotó de la capacidad de conocerlo. con todo la mente como Él mismo se contempla, de adherir a Él, con todas las fuerzas de la voluntad, y de amarlo con todo el corazón (Cf. Mt 22:37-39, y Dt 6, 4-5); en una palabra: de poseerlo con el gozo con que Dios mismo se goza en Sí, en intimidad de familia y comunicación de hogar, en la dicha trascendente y gloriosa de su festín eterno.

LAS ILUSIONES DEL PADRE
"Creando al hombre, el Padre contempla a su propio Hijo"
Orígenes
Engendrando, desde toda una eternidad sin principio, al Hijo en un arrebato de inefable amor, Dios Padre engendró con Él, 'el primogénito de toda criatura' (Col 1, 15), en cierto sentido a todos sus hijos creados. De allá procede la generación espiritual, y en cierta manera divina, de los hijos de los hombres, en la del Hijo Unigénito. Sólo por eso persigue el Amor divino al amor del corazón humano, sólo entonces puede su Amor divino lanzarse y difundirse: cuando ve algo en sus criaturas de la imagen misma de Dios, la imagen de su Unigénito amado.

Y desde aquella eternidad el Padre, como frente a un espejo, refleja en el Hijo toda su perfección, hermosura y querer; y en aquel espejo, iluminado por aquella refulgente y divina luz que es el Espíritu Santo, ya se recreaba el Padre al vislumbrar a su Hijo amadísimo en los futuros hijos terrenales. Y por eso mismo los amaba y quedó como prendido de las criaturas que hizo, deleitándose extasiado al contemplar, en estos hijos terrenales, “a los que para su Gloria creó, plasmó e hizo” (Is 43,68), los rasgos de su propio Hijo amado, reproducidos en un sinfín de hijos en la tierra. Y sonreía al acariciar una a una, todas las almas, como nacidas, como transformadas en lo que Él más ama, en lo único que ama, en el Verbo, en donde todas las cosas ama; almas, cuyo principio en la tierra es su concepción, pero cuyo principio divino es la Trinidad Santísima de quien proceden.

¡Cómo no iba su amor fecundo de Padre quererlos muy santos y perfectos, a estos hijos, engendrados y nacidos de su seno, si deben reflejar su origen, si nacieron en su Corazón, y si tienen que volver a Él y poblar su cielo; a estos hijos que son como una extensión de la Trinidad, su cielo en la tierra; y como a Ella se les debe respetar y amar en lo que tienen de inmortal y divino! Porque todo amor debe volver al amor, su centro; y todo el desequilibrio del hombre está en olvidar ese divino amor, en sustituirlo con las concupiscencias, y desviarse de ese amor que debe llevarlo a su centro, que debe volver al cielo.

Pbr. Antonio Lootens Impens

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