Aunque sientas el cansancio; aunque el triunfo te abandone; aunque un error te lastime; aunque un negocio se quiebre; aunque una traición te hiera; aunque una ilusión se apague; aunque el dolor queme los ojos; aunque ignoren tus esfuerzos; aunque la ingratitud sea la paga; aunque la incomprensión corte tu risa; aunque todo parezca nada; ¡VUELVE A EMPEZAR!

Los árboles rebeldes

Un esbelto álamo propuso a los árboles del bosque un pensamiento lleno de orgullo: «Hermanos -les dijo-, bien sabéis que la tierra nos pertenece, porque de nosotros dependen los hombres y los animales, sin nosotros no pueden vivir. Somos nosotros los que alimentamos a la vaca, a la oveja, al pájaro, a las abejas...; nosotros somos el punto céntrico, y hasta el mismo suelo va formándose de nuestro ramaje podrido. No hay en el mundo sino un solo poder que nos domine: el Sol. Se dice que de él depende nuestra vida. Pero, hermanos, yo estoy convencido de que esto es un cuento. Seguro que podemos vivir sin la luz del Sol.»

El álamo hizo una pausa en su discurso. Algunos robles y olmos, ya vetustos, murmuraron en señal de protesta, mas los árboles jóvenes inclinaron sus cabezas en señal de aprobación.

Continuo el álamo con voz más alta: «Sé muy bien que entre las plantas hay un partido de cabezas cerradas, que cree en esa rancia superstición. Pero yo confío en el sentido de independencia de la joven generación. Es necesario que nosotras, las plantas, lleguemos un día a sacudirnos el yugo del Sol. Entonces surgirá una generación nueva, una generación libre. ¡Adelante, pues, a la guerra de la independencia! ¡Y tú, viejo reflector de las alturas, llega el fin de tu poderío!»

Las palabras del álamo se perdieron en los gritos de asentimiento que ahogaban las manifestaciones de disenso de los árboles viejos. «Declaramos la huelga contra el Sol -continuó de nuevo el álamo-. Trasladaremos nuestra vida a la oscura noche, llena de misterios. En la noche queremos crecer, florecer, exhalar nuestros perfumes y dar nuestros frutos. ¡Para nada necesitamos del Sol! ¡Seremos libres!»

Al día siguiente los hombres notaron cosas raras. El sol brillaba espléndidamente, pero las flores inclinaban su cabeza hacia el suelo con sus cálices cerrados. En cambio, al anochecer, los pétalos se entreabrieron y las corolas, pintadas de todos los colores, irguieron su cuello hacia los pálidos rayos de la luna y la luz débil de las estrellas. Así sucedió durante varios días, pero pronto se vieron cambios extraños en la vegetación: el trigo estaba tumbado en el suelo, las flores perdían su color, las hojas se secaban. Todo se marchitaba como en pleno otoño.

Las plantas empezaron entonces a refunfuñar, motejando al álamo. Pero el cabecilla de la rebelión -también él con las hojas secas, de un color amarillo como el canario- siguió instigándoles: «¡Qué tontos sois, hermanos! ¿No veis acaso cuánto más hermosos, más bizarros, más libres, más independientes sois ahora que cuando gemíais bajo el dominio del Sol? ¡Ca! ¡No es verdad! Os habéis vuelto más finos, más nobles; habéis adquirido personalidad...»

Algunas de las desgraciadas plantas seguían creyendo al álamo, y con labios cada vez más amarillos murmuraban una y otra noche: «Nos hemos vuelto más finas... Nos hemos vuelto más nobles... Hemos adquirido personalidad.» La mayoría, sin embargo, se declaró contra la huelga en tiempo oportuno, y se volvió hacia el Sol vivificante.

Al llegar la nueva primavera, el álamo, seco, erguía como triste espantajo sus ramas descarnadas en medio del bosque, que rebosaba en pujante fuerza de vida y de trinos de pájaros. Sus necias enseñanzas se fundieron en el olvido. En torno suyo, las flores enviaban el perfume de su agradecimiento al Sol antiguo (cfr T. Tóth, El Joven creyente).

Todas las cosas que existen en el mundo tienen unas leyes impresas en su naturaleza, puestas por el Creador. Y las cumplen de un modo inexorable. Por eso hay orden en la naturaleza. Si Dios no hubiera puesto ese orden de manera inteligente y las cosas no siguieran ciegamente sus leyes sería el caos: el agua del mar podría subirse a las ciudades costeras, las estrellas chocarían entre sí o los pingüinos irían a veranear al caribe y morirían (¿Te imaginas un pingüino en bermudas y con gafas de sol?). Por eso, porque cada cosa sigue necesariamente esas leyes ya te das cuenta de que los árboles del cuento no podían rebelarse. Sólo las personas, porque tenemos inteligencia y voluntad, podemos no seguir el plan que Dios ha establecido para que alcancemos nuestra perfección.

Junto a las leyes biológicas que rigen el desarrollo y funcionamiento de nuestro cuerpo, tenemos unas leyes de comportamiento, unas normas morales para que vivamos como personas, es decir, como seres espirituales y libres. Estas leyes morales son los Mandamientos. Cumpliendo voluntariamente los Mandamientos de la Ley de Dios nos perfeccionamos como personas y alcanzamos la felicidad, porque es precisamente lo que nos viene bien.


escritor:Jesús Martínez García

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