Aunque sientas el cansancio; aunque el triunfo te abandone; aunque un error te lastime; aunque un negocio se quiebre; aunque una traición te hiera; aunque una ilusión se apague; aunque el dolor queme los ojos; aunque ignoren tus esfuerzos; aunque la ingratitud sea la paga; aunque la incomprensión corte tu risa; aunque todo parezca nada; ¡VUELVE A EMPEZAR!

¿Soy muy importante?

Hemos de alcanzar nuestra perfección voluntariamente, haciendo el bien y evitando el mal. Con la inteligencia conocemos lo que hemos de hacer y con la voluntad hemos de querer hacerlo. Somos libres, pero la libertad podemos utilizarla para no hacer el bien que hemos de hacer. Como cumplir los Mandamiento nos puede costar, ya que nuestra naturaleza está dañada por el pecado original y no tiende siempre al bien, a uno se le puede ocurrir: ¿Por qué tengo yo que cumplir los Mandamientos que Dios ha establecido? ¿No soy libre para hacer lo que me dé la gana? Puede surgir en nosotros la idea de rebelarnos, porque a todos nos cuesta tener que cumplir la voluntad de otro. Nos cuesta reconocer que somos criaturas hechas de una determinada manera por Dios, a Quien hemos de obedecer.

Cuentan que se encontraba un niño paseando a la orilla del mar, cuando de improviso lanzó esta pregunta a su madre: «Mamá, ¿qué harán con el mar cuando yo me muera?», como diciendo: ya lo he visto, ¿para qué sirve ya? No sé lo que le contestó su madre, pero quizá tú le hubieras dicho con desdén: ¿Pero tú quién te has creído que eres?

Los niños manifiestan a veces espontáneamente sentimientos que todos llevamos dentro y que procuramos no manifestar en alto, porque realmente son ridículos. Y es que en el fondo todos tenemos una oculta e inconfesable soberbia que nos lleva a pensar que, hasta que uno no ha llegado a la existencia, el mundo no estaba completo. Nos creemos personas muy importantes, y nos cuesta reconocer que no lo somos tanto como nos gustaría. Nos imaginamos que a partir de nosotros todo tiene explicación, que nosotros somos la medida del mundo y de nosotros mismos. Por eso a uno se le puede ocurrir: ¿por qué yo he de cumplir los mandamientos?

La realidad es que nadie nos pidió permiso para ponernos en la existencia, nadie nos preguntó cómo tenían que ser las leyes que rigen las cosas ni las normas que debemos cumplir los hombres. Los Mandamientos nos los han dado porque cumpliéndolos somos buenos. ¿Y por qué he de reconocer esos preceptos y tener que cumplirlos? Y se insinúa en nuestro corazón esa halagadora tentación: «Pero tú, con lo importante que eres, ¿tienes que obedecer a Dios? ¿Y si no le obedeces...? Serás independiente, tendrás personalidad..., serás como Dios.»

Sin embargo, es bueno que reflexionemos. ¿Verdaderamente somos tan importantes? ¿Quién es esa persona que se hace esas preguntas, y que se cree tan independiente? Veamos. ¿Cuántos años tengo? ¿Cuánto suele vivir una persona? ¿Setenta? Bien. Dicen que el hombre más antiguo del que se tiene noticia puede datar de hace 500.000 años. Una enormidad, y sin embargo, ¿qué es la historia de todos los hombres comparada con la historia de la tierra?

Los científicos estiman que han transcurrido 4.600 millones de años desde que se solidificó la superficie de la tierra. Si imagináramos la duración de la existencia de la tierra desde entonces hasta hoy como un día de veinticuatro horas, ¿qué lapso de tiempo correspondería a la historia de la humanidad? Empieza a contar el reloj imaginario desde que se forma la corteza del globo terráqueo y comienzan a discurrir las horas. Pasado el mediodía veríamos nacer la vida vegetal y embellecerse la tierra, pero por ningún lado veríamos al hombre. Pasarían las horas, y cuando hubieran pasado veintitrés, es decir 79.200 segundos, todavía no habría ni rastro de él. Pasaría la última media hora..., faltarían diez minutos, cinco..., y todavía no se vería ningún hombre. Sólo cuando faltasen nueve segundos aparecería el primer ser humano. Quedarían entonces 500.000 años por delante hasta que naciéramos cada uno de los que vivimos en este siglo: poco más de una milésima de segundo de nuestro reloj ficticio.

Eso sería la duración de mi estancia en la vida comparándola con la historia de la tierra. ¡Qué brevedad, qué insignificancia comparada con la historia de nuestro planeta! Y, después de todo, la medida que hemos tomado como punto de referencia es nada, casi desaparece con la historia de las estrellas que nos rodean. Parece ser que el sol que nos alumbra tiene más de quince mil millones de años de edad...

¿Por qué tengo que reconocer los Mandamientos y procurar cumplirlos? Porque Dios es Dios, y yo... soy una pequeña criatura cuya importancia radica precisamente en obedecer a Dios.



escritor:Jesús Martínez García
Libro: Pedir perdón a Dios

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