Aunque sientas el cansancio; aunque el triunfo te abandone; aunque un error te lastime; aunque un negocio se quiebre; aunque una traición te hiera; aunque una ilusión se apague; aunque el dolor queme los ojos; aunque ignoren tus esfuerzos; aunque la ingratitud sea la paga; aunque la incomprensión corte tu risa; aunque todo parezca nada; ¡VUELVE A EMPEZAR!

Tres maneras de vivir




Importa mucho que no veamos a Dios como un ser lejano. a quien no se puede amar, que castiga; como si lo que buscara es fastidiarnos o que lo que le importa es que se cumpla su voluntad inexorablemente, aunque fuera irracional lo que pide. No, Dios no ese así.

Es impresionante conocer la gran revelación de Jesucristo a los hombres: nos ha dicho que Dios es un Padre lleno de misericordia, que nos ama. Nos lo explicó con la parábola del hijo pródigo y se lo dijo expresamente a sus apóstoles: «El Padre os ama» (Jn 16,27). Dios nos demuestra su amor a cada uno de muchas maneras, pero hay tres que me llaman poderosamente la atención: nos ama dándonos la vida humana con la libertad; ante el mal uso de la libertad de los hombres nos ha amado a cada uno enviando a su Hijo a morir en la Cruz para darnos así la Vida sobrenatural; y hay una tercera manera de manifestarnos su amor: perdonándonos en el sacramento de la Misericordia cuantas veces vayamos a pedirle perdón.

Ante esta propuesta de Dios nosotros podemos responder de tres maneras diferentes: primera, amándole, demostrándole nuestro amor con nuestra obediencia y nuestras obras buenas, y si le ofendemos, pidiéndole perdón, porque pedir perdón es otro modo de amar a Dios. Una segunda manera de vivir, de responder a Dios ante su amor, es no haciendo nada malo, pero tampoco nada bueno; y hay una tercera manera, que es vivir al margen de Dios, haciendo el mal pensando que, como Dios es bueno y misericordioso, ¿cómo nos va a castigar?

Jesús nos explicó esos tres modos de comportarnos con nuestro Padre celestial a través de una parábola, y en ella nos dijo cómo responde Dios:

«Un hombre noble partió para una región lejana a recibir la dignidad real y volverse; y llamando a diez siervos suyos, les entregó diez minas y les dijo: Negociad mientras vuelvo. Sus conciudadanos le aborrecían y enviaron detrás de él una legación diciendo: No queremos que éste reine sobre nosotros. Sucedió que, al volver él después de haber recibido el reino, hizo llamar a aquellos siervos a quienes había entregado el dinero para saber cómo habían negociado. Se presentó el primero, diciendo: Señor, tu mina ha producido diez minas. Díjole: Muy bien, siervo bueno; porque has sido fiel en lo poco, recibirás el gobierno de diez ciudades... (Y así varios) Llega el otro diciendo: Señor, ahí tienes tu mina, que tuve guardada en un pañuelo, pues tenía miedo de ti, que eres hombre severo, que quieres recoger lo que no pusiste y segar donde no sembraste. Díjole: Sabías que yo soy hombre severo, que tomo donde no deposité y siego donde no sembré; ¿por qué, pues, no diste mi dinero al banquero, y yo, al volver, lo hubiera recibido con los intereses? Y dijo a los presentes: Quitadle a éste la mina y dádsela al que tiene diez... En cuanto a esos enemigos míos que no quisieron que yo reinase sobre ellos, traedlos acá y delante de mí degolladlos» (Lc 19 ,12-27).

Dios nos ha puesto en esta vida para que le amemos haciendo mucho bien y evitando el mal. Tenemos un encargo de Dios, una responsabilidad. Él espera frutos de buenas obras: que cumplamos los Mandamientos de la Ley de Dios y los de la Santa Madre Iglesia: obedecer a los padres, preocuparnos de los demás, asistir a los actos de culto, ...

Podemos tener tres actitudes ante Dios: Primera: la de los que aman y sirven al Señor; es decir, la de los que dan frutos. Segunda: la de los tibios, los que se limitan a cumplir con Dios pero no hacen nada bueno (los que guardan los dones recibidos en el pañuelo), cuando también tienen que hacer el bien, porque en esta vida no estamos sólo para no hacer nada malo. Tercera: la de los que rechazan a Dios de sus vidas, viven al margen de Dios; ellos se creen los señores o dioses de sus propias vidas y dicen a Dios que no quieren que Él reine sobre ellos.

Te recuerdo que Dios nos ha dejado en manos de nuestra libertad, y que la tenemos para hacer el bien. Nadie nos preguntó antes de nacer si queríamos que nos pusieran en la existencia, pero una vez que somos personas no tenemos más remedio que comportarnos como tales. Es decir, tenemos la obligación de conocer la voluntad de Dios y cumplirla.

Cuando se es soberbio se aborrece a Dios, porque molesta tener que obedecerle. Molesta que Cristo eche en cara nuestra mentira, nuestros pecados, y nos recuerde cuál es el sentido de nuestra libertad. Algunos dicen: «matémosle, echémosle de nuestra vida; no queremos saber nada de Él. No queremos que este reine sobre nosotros.» ¿Lo dices tú? Así de fuerte quizás no, pero ...

El que guardó su encargo en el pañuelo se enfada porque le piden cuentas. También le molesta que Dios se meta en su vida y se la organice. Tampoco hace lo que su Señor desea. En un ejemplo semejante, Jesús le llamará «malo y perezoso» (Mt 25,26), porque no es sólo pereza, sino que hay un punto de soberbia, de malicia en su corazón, de no querer servir. De estos hablaremos más adelante al tratar de la tibieza.

Al que no da fruto se le quita lo que se le dio. A los que no quieren servir se les degüella. Son palabras fuertes, pero es Palabra de Dios.

Algunos tienden a imaginarse a Dios como una especie de abuelo que es tan bueno, tan misericordioso que pasaría por alto nuestros pecados. Pero ese Dios no existe. Dios es misericordioso, sí, pero también es justo. A la hora de la muerte estaremos en la presencia de Cristo Juez, y habrá premio y castigo. Dios no quiere nuestro mal: nadie nos quiere mejor que Él. Viene detrás de nosotros, al fondo de nuestra conciencia buscando nuestra humildad, nuestra sumisión amorosa a Él, nuestro arrepentimiento. No quiere castigar, porque no es vengativo, pero tiene derecho a exigirnos frutos, obras de amor porque es nuestro Padre que nos ha dado tanto. Y desea que nosotros -como Él- rechacemos el pecado.

Dios nos ama más que nadie en la tierra, es misericordioso, comprende nuestros errores y está dispuesto a perdonarlos, pero en esta parábola queda claro cómo Dios actúa con los listillos de este mundo: «degolladlos en mi presencia.»

credt:Libro: Pedir perdón a Dios
8. Tres maneras de vivir Jesús Martínez García - Año 2001

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