Aunque sientas el cansancio; aunque el triunfo te abandone; aunque un error te lastime; aunque un negocio se quiebre; aunque una traición te hiera; aunque una ilusión se apague; aunque el dolor queme los ojos; aunque ignoren tus esfuerzos; aunque la ingratitud sea la paga; aunque la incomprensión corte tu risa; aunque todo parezca nada; ¡VUELVE A EMPEZAR!

PENSAMIENTO DE LA ETERNIDAD

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PENSAMIENTO DE LA ETERNIDAD


PUNTO I

San Agustín llamaba gran pensamiento al pensamiento de la Eternidad. A la luz de este gran pensamiento, los santos miraban los tesoros y grandezas de la tierra como si fueran paja, fango, humo, basura. Acosados por este pensamiento, huyeron del mundo y se retiraron a las soledades buscando desiertas cuevas tantos anacoretas, y se encerraron en el claustro tantos jóvenes de la más acrisolada nobleza, contándose entre ellos hasta reyes y emperadores. Este pensamiento ha comunicado valor indomable a innumerables mártires para soportar con gran constancia los sacrificios a que fueron expuestos como: las uñas de hierro, las parrillas encendidas, las hogueras y hasta la misma muerte.

No; no hemos sido creados para vivir perpetuamente en la tierra; Dios nos ha puesto en este mundo, para que con nuestras obras merezcamos la Vida Eterna, como lo dice San Pablo a los romanos: Tenéis por fin la Vida Eterna. Por esto llegó a decir San Euquerio que el negocio por el cual debemos luchar es la Eternidad; éste es el único que debe preocuparnos: alcanzar la Eternidad feliz y evitar la Eternidad desgraciada. Si logramos esto, seremos para siempre felices; pero si no acertamos en esto, seremos eternamente desgraciados.

Dichosa el alma que vive siempre con la mira puesta en la Eternidad, y que con firme y robusta fe cree que pronto ha de morir y entrar en la otra vida que nunca acabará. En efecto, el justo, dice, San Pablo, vive de la fe, de esa fe que conserva a los justos en la gracia y amistad de Dios; de esa fe que infunde la vida en las almas, desprendiéndolas de los afectos terrenos y poniéndoles siempre a la vista los bienes eternos que Dios tiene preparados para los que le

aman.

Decía Santa Teresa que todos los pecados traen su origen en la falta de fe.

Para vencer las pasiones y luchar contra las tentaciones, es necesario que avivemos nuestra fe diciendo: Creo en la VIDA ETERNA, creo que después de esta vida, que pronto se acabará, para mí, habrá Otra Eterna, colmada de inefables dulzuras o saturada de exquisitos tormentos, y una de ellas me ha de tocar, según mis méritos o mis pecados.

Decía San Agustín que el que cree en la Eternidad y no se convierte a Dios, o ha perdido el juicio, o ha perdido la fe. ¡Oh Eternidad! exclamaba- quien piensa en ti y no hace penitencia, o no tiene fe, o si la tiene, ha perdido la razón. A este propósito refiere San Juan Crisóstomo que, cuando los gentiles veían pecar a los cristianos, los llamaban impostores o insensatos. Porque si no creéis lo que decís, sois unos impostores; y si creéis en la Eternidad y pecáis sois unos insensatos.¡Ay de los pecadores, exclamaba San Cesáreo, que entran en la Eternidad sin haberla conocido, por no haber pensado en ella! Son dos veces desgraciados, porque las puertas del infierno sólo se abren para recibir a esos miserables, y jamás se abren para dejarlos salir.

PUNTO II

Santa Teresa no se cansaba de repetir a sus religiosas: ¡Hijas mías, un alma, una eternidad! queriéndoles decir con esto: Tenemos hijas, un alma; si la perdemos, todo lo hemos perdido; y si la perdemos una vez, está perdida para siempre.

Si la Eternidad, si el paraíso o el infierno fueran cosas dudosas o meras opiniones de personas sabias, aun en este caso debíamos de esmerarnos en llevar vida santa y ajustada, con el fin de no exponernos a perder el alma para siempre. Mas en este negocio no se trata de cosas dudosas, sino de cosas ciertas, que nos enseña la fe y que son más ciertas que las que vemos con los ojos del cuerpo.

Pidamos, pues, al Señor que se digne aumentar nuestra fe, diciéndole con los Apóstoles: Aumenta nuestra fe y a pensar con fe viva en la Eternidad que nos aguarda, para hacernos santos.

Dice San Gregorio que los que piensan en la Eternidad no se ensoberbecen en la prosperidad, ni en la adversidad se dejan abatir: porque nada desean en este mundo, ni tampoco temen cosa alguna.

Cuando tengamos que padecer alguna enfermedad o persecución, traigamos a la memoria el infierno, que con nuestros pecados hemos merecido; pensando en esto, nos parecerán livianas las cruces más pesadas, y daremos gracias a Dios, diciendo con Jeremías: Es una misericordia del Señor el que nosotros no hayamos sido consumidos del todo. Digamos también con David: Si el Señor no me hubiese socorrido, seguramente sería ya, el sepulcro del infierno mi morada. Y con Isaías:

Tú, Señor, me has librado de la perdición de mi alma.

Porque Tú, Dios misericordioso, no me hubieras alargado la mano para arrancarme del infierno, estaría perdido para siempre.



RAMILLETE

¡Oh Dios mío!, bien sabes que he merecido muchas veces el infierno; pero, no obstante, me mandas que espere en Ti, y yo quiero esperar en tu misericordia. Mis pecados me atemorizan, pero me dan aliento y esperanza tu muerte y las promesas que has hecho de perdonarme. Te diré, con David, que al corazón contrito y humillado no lo despreciarás, Señor. Te he menospreciado en mi pasada vida; pero ahora te amo sobre todas las cosas y me arrepiento con toda mi alma de haberte ofendido. ¡Oh Jesús mío!, ten compasión de mí, y tú ¡Oh María, Madre de Dios!, intercede por mí.

Doctor de la Iglesia San Alfonso de Ligorio

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